Aprendiendo de... Charles Bukowski


Porque escribir es desnudarse... literalmente a veces.

Siguiendo la estela del anterior Aprendiendo de..., hoy tengo intención de hablaros de un autor tan criticado como criticón: Charles Bukowski.

Creo que es uno de esos autores que se presenta por sí mismo, de modo que evitaré extenderme con su biografía, sobretodo porque es precisamente de esto de lo que vamos a hablar hoy: de cómo novelar nuestros episodios vitales.

Y para ello, nos valdremos de una de sus novelas más conocidas: Mujeres.


Si Bukowski es famoso por algo, mis queridos lectores, es por su marcado carácter autobiográfico. Bueno, por eso y por el gusto excesivo por el alcohol y por las mujeres, a las que retrata con una misoginia que es digna de diagnóstico.

En Mujeres, este componente autobiográfico articula el total del argumento, que puede resumirse en un desfile interminable de mujeres hermosas que pasan por su catre entre borrachera y borrachera y las que no solo engaña con otros posibles polvetes (casi siempre 30 años más jóvenes que él, por cierto), sino que las obsequia con bellísimas palabras como: "Maldita zorra".

Un encanto de tío. Solo le faltaba la afición desmedida a apostar en el hipódromo y frecuentar los combates de boxeo para convertirse en el marido ideal que todas las mujeres desean.

Y sin embargo, pese a este hermoso cuadro, el tipo consigue que empatices con él. O al menos a mí me ha pasado. De hecho, lamento bastante que esté muerto desde el año de mi nacimiento, porque me habría gustado conocerle. Creo que nos podríamos haber entendido de alguna manera.

Ya, preocupante... ^^'

Pero es que el señor Bukowski era un puto genio. Además del mayor exponente del llamado realismo sucio, el único tipo de novela realista que soy capaz de digerir porque huye de la idealización de un mundo que es sucio y miserable, cruel y descarnado hasta el vómito.


Bukowski en su estado natural

Justo como cualquier novela del amigo: miseria, decadencia y un nihilismo mezclado con cinismo hasta doler.


"El lunes era mi día favorito. Todo el mundo estaba de vuelta al trabajo y fuera de mi vista"

Bukowski era un maldito cobarde, él mismo lo reconoció sin esconderse en novelas y entrevistas. Aún así, yo creo que tenía poco de cobarde, porque es un acto muy valiente escribir tantas novelas basándote en tu propia vida.

Que escribir es desnudar el alma a la mirada insidiosa de tus lectores es algo que todo el que coge un bolígrafo debería tener muy claro, sobretodo porque no es algo que vayas a poder evitar. Nos guste o no, nuestros miedos, anhelos y deseos van a quedarse atrapados en las páginas de aquello que escribamos, para bien y para mal.

Pero una cosa es que nuestro yo se cuele en la historia y otra muy distinta es edificar la historia a través de nuestro yo, usando como argamasa lo que hemos vivido. Hay que trabajárselo mucho, sobretodo si no queremos que la historia termine siendo una autobiografía.



1. El yo literario


Una de las formas más habituales por la que los escritores toman parte en los mundos de sus historias es creando un alter ego que les represente en la novela.

Esta técnica, que se lleva empleando desde los tiempos de Sócrates, allí en el siglo IV aC, era muy común en los manuales de historia política, confeccionados en forma de diálogo, donde uno de los personajes siempre representaba la voz y las ideas del autor.

No es necesario, sin embargo, que dicho personaje sea un calco exacto de su autor, si bien esta es la opción preferida por muchos, basta con que comparta su punto de vista y varias experiencias vitales.


Matt Dillon como Henry Chinaski (Factotum, 2005)

En el caso de Bukowski, su alter ego es el poeta alemán-estadounidense Henry (Hank) Chinaski, tan borracho, adicto al sexo y desengañado de la vida como el mismo autor. La única diferencia entre este personaje y Bukowski es el apellido, porque hasta el nombre, Henry, es la "americanización" de su nombre de nacimiento, Heinrich.

Pero vosotros, queridos lectores, no es necesario que lleguéis al nivel de compartir hasta la ciudad natal y la ex-mujer con vuestro alter ego literario.



2. Son mis amigos


El segundo terrible mal cuando uno quiere valerse de lo vivido para confeccionar sus historias, ocurran estas en el mundo real o en una galaxia muy muy lejana, es que inevitablemente tendrá que acabar implicando a quienes formaron parte de ellas.

Ante este insalvable obstáculo, existen dos posibles enfoques, dependiendo de si queremos que esa persona implicada sea o no reconocible y reconocida: presentar a la persona tal cual es o tunearla.

Muchos autores se deciden por cambiar el nombre real de dichos personajes, sobretodo si en el momento de escribir siguen manteniendo con dichas personas una relación afectiva cercana.


He aquí la pareja

El propio Bukowski lo hizo con su segunda esposa, Linda Lee Beighle, que aparece en sus novelas con el nombre de Sara, dueña de un restaurante de comida saludable (como la propia Linda).

Sin embargo, esta no es la única manera de presentar a quienes fueron partícipes de nuestra vida en nuestras historias. Como ya vimos hará un tiempo, si bien aplicado a personajes fictícios, podemos utilizar con ellas la técnica del espejo roto.

Es decir: no es necesario crear un personaje completo a partir de nuestro conocido. Podemos desdoblarlo en infinidad de sombras con nombre, que es lo que debió hacer Bukowski con la ingente cantidad de féminas que describe: convertir cinco polvos en cincuenta dando solo retazos de la personalidad de cada una de esas mujeres.

O tal vez no y realmente a los cincuenta años aún tenía aguante y aptitudes para llevárselas a todas de calle.



3. Miedo a estar desnudo



El tercer y último obstáculo para usar la propia vida como argumento de una historia es el temor a quedar expuesto del todo: cuanto más muestres, más sabrán de ti y menos espacio le quedará a la intimidad de tu mente.

Muchas veces, es este temor al desnudo del alma lo que echa para atrás a muchos autores, que se sienten invadidos cuando el lector otea más allá de las historias, buscándole.

Dicho miedo, comprensible, lleva a algunos hasta el extremo no solo de camuflarse en su propia novela, sino a re-bautizarse con un seudónimo para ser imposible de localizar. Y está bien, nadie debe juzgar el celo con que uno guarda su propia vida a ojos de los demás.

Pero volvamos al desnudo en las historias. Hay que tener una personalidad muy fuerte o un gran desapego a la opinión pública para atreverse a mostrarse sin máscaras ni filtros ante los posibles lectores de nuestra obra.

Hay que ser un absoluto sinvergüenza, alguien capaz de reírse en la cara de quienes, dulce ironía, han pagado para mirar y reírse de ti, de lo que eres y de lo que cuentas. No todo el mundo tiene estómago para eso.


Mirad qué cara de tener miedo al juicio ajeno 

Bukowski lo tenía. Por eso se censuraba poco al hablar de sí mismo. De hecho, sospecho que más que censurar la verdad, la retorcía y exageraba hasta crear descripciones grotescas. ¡Si hasta describió su miembro, carajo!

Por lo tanto, antes de lanzarte a tender en plazas públicas tus trapitos, mejor toma consciencia de lo que representa, porque una vez lo hayas hecho, no habrá marcha atrás: todos tus lectores sabrán de ti tanto como hayas querido contarles. Y lo recordarán.

Aún así, el exponerse sin tapujos ante los lectores tiene una parte muy positiva. Si lo haces bien, consigues un tono cercano, familiar y sobretodo humano. Te conviertes en un amigo para tu lector. No importa lo que pienses, ni lo que ellos piensen de ti: serás tú mismo, sin imposturas ni máscaras.

Y ese es en el fondo el secreto por el cual un hombre como Bukowski, misógino, bebedor y pendenciero, puede llegar a ser querido por quienes le leen. No se trata de fascinarse con sus historias, ni siquiera son profundas. El valor de Mujeres, de la obra de este escritor, radica en las pequeñas reflexiones que desgrana a lo largo de la narración.

Miedos, odios, vergüenzas, cansancio, alegría... No importa que tu pensamiento sea diametralmente opuesto al suyo. Leer a Bukowski es hablar con él, de una forma u otra: es estar sentado en un bar con una cerveza y dejar que te hable, que te cuente cómo ve el mundo. Y cuando cierres el libro, sentirás que le conoces, aunque sea un poco.

Es esa cercanía lo que hace valiosos y únicos a sus libros, sin importar lo exagerados o falsos que sean los sucesos que cuenta en ellos. No seré yo quien cuestione la verdad o la mentira en la vida ajena.

Cuando de verdad te desnudas para escribir, intencionadamente, debes lograr que el lector sienta esto. Si no te sientes capaz, si crees que debes ocultarte aún... Mejor seguir con personajes fictícios. No serás peor escritor por ello. Ni mejor. Será simplemente el camino que elegiste.



Si tras estas reflexiones aún tenéis ganas de escribir usando vuestras vivencias como escaleta, tenéis mi más sincera admiración y respeto, pues como ya he mencionado, hay que tenerlos muy cuadrados para hacer eso.

¡Nos leemos! ^^


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