Relato: Memorias de una abuela astronauta


Porque a veces, la realidad supera a la ficción...

Hoy os traigo un relato algo diferente. No es fantasía. Ni terror. Y tampoco es Ci-Fi a pesar del título. Se trata de una cosa bien extraña, algo así como una crónica que pretendía ser realista...

En fin, quizá mejor que el relato se presente solo ^^'






Mi abuela es astronauta. Bueno, más que astronauta es piloto en prácticas. Uno especialmente patoso, dicho sea de paso.

Hoy, mientras esperamos en la sala del hospital tras su último alunizaje forzado, ha decidido que desea poner por escrito sus memorias. Y yo, que soy una persona obediente, he tomado de inmediato bolígrafo y papel para cumplir con sus deseos.

Creemos, al menos los aquí presentes, que esta podría ser la novela del siglo. Ved que somos humildes, porque vistas estas primeras líneas, bien pudiera convertirse en la novela del milenio... Al menos en el género de humor.

Os prometo que he intentado conferirle a este escrito el tono solemne que se estila en memorias y biografías, de veras, pero me temo que he fracasado estrepitosamente en mi empeño.

Pero entendedme, ¿cómo voy a escribir con solemnidad la vida de alguien que hace tomatinas con el culo y que confunde un móvil con un vibrador?

En fin, ya llegaremos a esa parte. Pero primero, permitid que os presente a la protagonista de tan singulares acontecimientos.

Mi abuela es nativa de un minúsculo pueblo de Extremadura. Y digo nativa en el sentido más descriptivo de la palabra, pues a lo largo de los años he llegado a la conclusión de que los lugareños de ese municipio pertenecen a una civilización a parte, algo así como un pueblo perdido del Amazonas, pero en medio de la estepa.

O al menos así debían ser hace cincuenta años. Es bastante posible que hoy día ya hayan dejado atrás ese neolítico persistente que con tanto amor describe mi abuela y se hayan sumado a las comodidades de una vida moderna. De hecho, espero por su bien que así sea, porque sino, les compadezco de corazón. Ved por qué:

Según me ha contado mi abuela, la suya era una comunidad pequeña, un pueblo de hermanos donde todos se conocían y, tanto si eran parientes como si no, se llamaban “tío” los unos a los otros a modo de saludo e interpelación.

Yo no sé si esa es una forma arcaica de afianzar sus vínculos como miembros de la misma tribu o si, por el contrario, estas gentes eran unos influencers adelantados a su tiempo. A juzgar por la realidad presente, donde la mayoría de adolescentes utiliza el vocablo, me decanto por la segunda opción.

Pero volvamos al pueblo. No os voy a dar un nombre, en primer lugar porque ignoro cuál es el topónimo real con el que esta población aparece en los mapas (si es que aparece). Y en segundo lugar, porque mi abuela ha hablado de él siempre con tanta devoción que lo he bautizado mentalmente como Paraíso y ahora me es imposible memorizar el verdadero nombre del pueblo. Mis más sentidas disculpas.

Bien, en el dicho Paraíso la vida transcurre tranquila y apacible, como en una suerte de Arcadia maravillosa donde siempre hace buen tiempo y el viento está impregnado con el aroma de mil flores desconocidas.

Podría ser una buena estampa de no ser porque se va fácilmente al carajo cuando mi abuela decide aliñarla, no sin poco entusiasmo, con las maravillas de la vida rural, donde para poder lavarte las manos te ves obligado a patear varios kilómetros hasta el pozo junto a un burro apestoso para proveerte del agua, y donde el acto de atender tus necesidades fisiológicas se convierte en un infierno en el cual te ves obligado a ir al corral de la casa y exponer tus vergüenzas a la mirada indiscreta de las gallinas.

Vamos, que el aire, más que a flores, hiede a heces.

Además, las distancias en tan remoto lugar no son como uno podría pensarse. Todo resulta lejano e inhóspito, desde el pozo hasta los pastos. Y con esta concepción de la realidad viven las gentes de Paraíso.

Mirad sino, que ir al pueblo vecino constituía una aventura de tales magnitudes que, cuando uno volvía de allí tras un tiempo de ausencia, era homenajeado y tratado con tales honores que bien podría pensarse que recibían a un embajador en vez de a un aprendiz de carpintero.

Y si uno regresaba de la Capital (sí, así con mayúsculas), aunque solo hubiese ido a poner en orden algunos documentos, a su vuelta era considerado ya por todos eminencia, persona docta y sabio a consultar. O como diría mi abuela: una persona de mucho conocimiento.

Se ve que antaño, al menos en Paraíso, para ser catedrático o doctor, bastaba con vivir alejado de la vista de los paisanos unos meses. En fin...

Mi abuela, aunque protagonizó algún que otro periplo de esta índole, que será detallado más adelante, siempre fue una persona muy hogareña y familiar, que se la pasaba casi todo el tiempo en casa ayudando a sus padres.

Ella era una de las hijas de los propietarios de la carnicería, y si bien mi abuela ha insistido hasta el hartazgo en que ejerció la profesión desde joven, lo cierto es que nunca fue capaz de matar a animal alguno. De hecho es un fracaso absoluto hasta ventando moscas. ¿Qué le vamos a hacer?

Con todo, el hecho de criarse en tal ambiente sí que favoreció un aspecto de su persona: la hizo crecer rodeada de animales de toda clase y condición, algunos de ellos protagonistas de más de un suceso digno de ser mencionado.

Pero eso es otra historia y será mejor reservarla para más adelante, pues ya viene la enfermera con su comida y mi abuela no parece en absoluto dispuesta a compaginar la deglución con la charla.




Y con esto termina mi primer escarceo con el humor. No me tiréis piedras (ni mierda de gallina), por favor.


¡Nos leemos! ^^

2 comentarios:

  1. Muy divertido. El humor es lo más complicado de conseguir en un texto, pero creo que este relato lo ha conseguido, se lee con una sonrisa. Eso sí, la historia pide ser continuada, esa abuela puede dar mucho juego. Saludos!

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  2. Todo un personaje esta abuela, Alister.
    Tu relato se lee con una sonrisa en la cara. También con asombro porque según vas leyendo no sabes por dónde te va a salir la historia. Así que no te queda más remedio que leerla de un tirón hasta el final para saber qué pasa.
    Confío en que tenga una segunda, tercera... parte. Tiene buena pinta.
    Un saludo.

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